Revelaciones de un autor nivolesco
Pocas veces nos encontramos con una novela que nos
haga un llamado de atención tan grande como lo hace Niebla de Unamuno. Esto ocurre porque su curso es totalmente
inesperado, nunca podríamos predecir lo que sucederá, ni realmente cuál es la
intención del señor Miguel al crear una historia de amor que culmina con todo
menos un “Y fueron felices para siempre”. Esta Nivola, más bien recrea una serie de acontecimientos y situaciones que
invitan al lector a reflexionar sobre su existencia de una manera humorística y
trayendo a la vida a personajes que nunca podríamos imaginar.
Cuando leemos el prólogo —cosa que recomiendo mucho
antes de emprender la lectura— empezamos a experimentar la necesidad de leer
más, de saber qué pasa ¿Quién es ese Víctor? ¿Por qué le reclama de tal manera
la muerte de un tal Augusto Pérez a Unamuno? Surgen una serie de confusiones
que poco se esclarecen cuando leemos el
post-prólogo, y menos, cuando nos damos cuenta de que ese Víctor no es más que
un personaje de la novela —acabando con toda idea de realidad novelesca—. Sin
embargo, seguimos leyendo y nos encontramos con una historia de amor que nos
hace olvidar por poco tiempo todo esto. Nos sentimos como que volvimos a tocar
piso: que nos lleva la novela a nosotros y no nosotros a la novela, como ocurre
con la mayoría de los libros.
Esa sensación es interrumpida por la aparición del
propio autor de la obra como personaje, dándonos, a nosotros los lectores, una
importancia que casi nunca se nos da. Nos hace creer que somos lo único real
que existe, y que sólo el acto de estar leyendo la obra es lo cierto. Además,
evidencia la posición de Dios que ejercen los autores al jugar de manera tan
inusual y graciosa, con la vida de los personajes.
Pareciera, que ser lo único real es sumamente necesario
para nosotros. Esto es lo que, de alguna manera, nos mantiene firmes, y nos
impide asustarnos con el problema existencial que cuando sale a la luz tanto
nos perturba, pues durante toda la obra su protagonista, Augusto Pérez, trata de descubrirse a sí mismo a través del
monólogo, el diálogo y todo lo que le acontece día a día. Y es, cuando consigue
la respuesta, que nos damos cuenta de que es algo común pensar que no se existe
y que posiblemente dependemos de un ser superior, si es que no pensamos, ya,
así —por lo menos los que creemos en la existencia de un Dios—.
Por otro lado, Unamuno, le da vida a un personaje
que nunca pensaríamos capaz de emitir opinión alguna: Orfeo, un perro, quien
termina, al parecer, siendo el único personaje racional y lógico de la obra,
que comprende cada punto de lo que sucede, pues es el único que escucha todo
para luego entender. Unamuno, entonces,
le otorga al perro el papel, que por costumbre, debería ejercer el
lector, para poder brindarnos esa reflexión a cerca de lo verdaderamente trato
la obra desde su propio punto de vista.
Al leer esta Nivola,
—dicho así, pues es única en su género— en cierto modo, se revela la
multipersonalidad de su autor, al exponerse él en cada uno de los personajes,
cosa que normalmente sabemos que pasa con todos los autores, pero que nunca se
evidencia, y la necesidad de hacerse esa autocrítica que le obliga a inventar
un personaje que redacte la introducción al lector, o, para Unamuno, sería: la
queja al autor, que le advierta, que le espera una historia poco usual, echa
por un autor poco usual, en la que nosotros ejercemos , por decisión del ¨Dios
autor¨, un papel muy importante.
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